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Fotografía principal: “Santo Crucifijo” de la Cofradía en el Altar Mayor de la Parroquia tras la "Adoración de la Cruz" de los Santos Oficios del Viernes Santo (fotografía de Jorge Sesé). Fotografías secundarias: procesión de "ramos" de la comunidad parroquial de San Felipe (fotografía de David Beneded); templete del Ecce-Homo de la Parroquia de San Felipe, preparado como lugar de reserva del Santísimo tras los oficios del Jueves Santo (fotografía de David Beneded); El Santísimo bajo palio portado por distintos miembros de cofradías durante los Oficios del Jueves Santo (fotografía publicada por el Arzobispado de Zaragoza).

La Semana Santa es el centro y núcleo del año litúrgico y, por ende, también de todo el curso cofrade. La conmemoración de la Pasión. Muerte y Resurrección de Jesús nos sitúa en el misterio nuclear de nuestra fe y, por ello, desde los primeros tiempos del cristianismo ha contado con especiales celebraciones tanto litúrgicas, en un principio, como, posteriormente, piadosas, que han sido especialmente queridas y sentidas por el pueblo.

Pocas palabras hacen falta para ponderar la importancia de este ciclo litúrgico: de la entrañable procesión de Ramos y la Misa de la Entrada de Jesús en Jerusalén, el fervor sacramental de la Misa "In Coena Domini" del Jueves Santo, a la sobriedad de la Acción Litúrgica del Viernes Santo, a la alegría final de la Resurrección que celebramos en la Vigilia Pascual y en la mañana del Domingo de Pascua.

Vivir intensamente estos días es algo natural en un cofrade. A todos nosotros nos gusta participar en los actos de nuestra Cofradía haciendo frente a todas las dificultades. También asistimos a las procesiones de las demás cofradías zaragozanas, algunos incluso tomando parte en ellas representando a la Cofradía. Compaginamos nuestros quehaceres diarios de la mejor forma posible para poder estar en cuantos más sitios mejor. Convertimos la calle en un lugar de encuentro, con nuestros hermanos y con los de otras hermandades. La alegría y la emoción inunda nuestros corazones y la Semana Santa, porque no decirlo, se convierte en toda una celebración, en una verdadera fiesta.

Sin embargo, el desbordamiento de la manifestación cofradiera no puede llegar a oscurecer para muchos cofrades las celebraciones litúrgicas que tienen lugar en el interior de los templos que son las que sustentan el genuino sentido religioso de estos días. No podemos provocar en los ritos de Semana Santa “una especie de paralelismo celebrativo, uno rigurosamente litúrgico, otro caracterizado por ejercicios de piedad específicos, sobre todo las procesiones” [1].

Desconectar nuestras procesiones de los Oficios del Triduo Pascual sería desvincularlas de la fe y de la celebración común de toda la Iglesia. Porque lo que acaeció en Jerusalén en tiempo de Anás y Caifás, de Herodes y Pilatos, en la persona de Jesús (su cena pascual con los discípulos, su traición, prendimiento, pasión, condena, muerte y sepultura, su resurrección) ha roto de manera definitiva y para siempre el dominio del mal sobre los hombres, ha aniquilado los temores y las angustias del mundo entero y nos ha traído la salvación a todos.

Esta es la esencia de lo que los cristianos celebramos en esta “Semana Grande”. Sólo desde la fe se entiende la Semana Santa. Sólo con fe se pueden vivir estos días intensamente santos y tan inundados por la presencia del Señor. Sólo se puede celebrar con verdad a partir de la memoria de los misterios de la Pasión y Muerte de Cristo conservada en la memoria de la Iglesia, vivida en la fe y celebrada en la Eucaristía, y en las celebraciones litúrgicas de la misma Semana Santa.

Por eso, sólo con la Iglesia y desde ella, amándola entrañablemente, se puede celebrar y tomar parte activa en la Semana Santa. Los diferentes "pasos" que plastifican los misterios o las escenas de la Pasión, las propias procesiones, las músicas y cuantos actos y manifestaciones públicas de estos días no son sino acompañamiento fiel del Cristo paciente y comentario amoroso de los misterios de la redención, conservados en la memoria viviente de la Iglesia, celebrados y hechos presencia real en las celebraciones litúrgicas que pasamos a describir brevemente:

Domingo de Ramos

La Semana Santa comienza con el Domingo de Ramos de la “Pasión del Señor”, cuando nuestro Señor Jesucristo entró en Jerusalén sentado sobre un pollino de borrica. Pero, ¿cómo acoge Jerusalén a su Mesías?. Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey (cf. Jn 6, 15), pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de "David, su Padre" (Lc 1,32; cf. Mt 21, 1-11). Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación ("Hosanna" quiere decir "¡sálvanos!", "Danos la salvación!").

Pues bien, el "Rey de la Gloria" (Sal 24, 7-10) entra en su ciudad "montado en un asno" (Za 9, 9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (cf. Jn 18, 37). Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños (cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y los "pobres de Dios", que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores (cf. Lc 19, 38; 2, 14). Su aclamación "Bendito el que viene en el nombre del Señor" (Sal 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el "Sanctus" de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.

La liturgia de este día tiene dos partes, la procesión de ramos y la Eucaristía. En la primera se celebra la entrada mesiánica de Cristo en su reino. Este es el enfoque que debe darse a este rito solemne y popular. Lo importante no son los ramos ni las palmas que se bendicen y se llevan en la procesión, lo importante debe ser la actitud exultante que impulsa a la asamblea aclamar al Señor.

Empieza la Semana Santa y procede la Eucaristía. Se pasa del aspecto victorioso de los ramos a la cara dolorosa de la Pasión. Jesús entra triunfante, pero es en la Cruz donde adquirirá su auténtico trono, y su resurrección nos abrirá las puertas del cielo.

Jueves Santo

Con la Misa que tiene lugar en las horas vespertinas del jueves de la Semana Santa, la Iglesia comienza el Triduo Pascual y evoca aquella última cena en la cual el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y  del  vino  y  los  entregó  a  los  Apóstoles  para  que  los  sumiesen, mandándoles que ellos y sus sucesores en el sacerdocio también lo ofreciesen [2].

La Misa Vespertina de la Cena del Señor conmemora la Última Cena. Todo comenzó allí, en aquella reunión y despedida en la que Cristo asume en plenitud su misión, y adelanta, en signos de eucaristía (el pan y el vino) y servicio (el lavatorio de los pies) el desenlace final de su vida.  La  institución  de  la  Eucaristía,  del Orden sacerdotal  y  el mandamiento del Señor sobre la caridad fraterna, son los temas más subrayados por las lecturas de la Escritura, las oraciones y los cantos. Terminada la oración después de la comunión se procede a la reserva del Santísimo Sacramento que motiva, durante las próximas horas, la contemplación y adoración del misterio de la Eucaristía, como misterio de la entrega y del amor de Cristo.

Viernes Santo

La celebración de hoy nos introduce en un día de amorosa contemplación del sacrificio de Cristo, fuente de salvación y lugar admirable victoria. La Iglesia este día no celebra el funeral de Cristo, sino la muerte victoriosa y salvadora del Señor. Es importante captar la dinámica espiritual de esta celebración: proclamamos el misterio de la Cruz de Cristo; y finalmente, participamos del misterio de esa Cruz, del Cuerpo entregado de Cristo, comulgando con él.

Algunos elementos definen la peculiaridad litúrgica de este día:

La proclamación de la Pasión: en el Viernes Santo el texto de la Pasión según San Juan destaca con fuerza el triunfo de la Muerte, la victoria en la Cruz. El discípulo amado ve en la Cruz el cumplimiento de la Antigua Alianza, la verdad de la nueva Pascua. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

La adoración de la Santa Cruz: el Viernes Santo es el día de la Cruz por excelencia. Toda la liturgia está centrada en la presencia y adoración de la Cruz, que surge como acto espontáneo exigido por la misma proclamación de la Pasión. Se trata de la “Cruz Gloriosa” porque en ella ha venido la salvación al mundo entero. La Cruz no es un símbolo cualquiera, es el símbolo de la Pascua, de la salvación, del amor y de la esperanza. Es el símbolo de la resurrección. Por eso se hace hoy genuflexión ante la Cruz.

Sábado Santo

El Sábado Santo es un día podríamos llamarlo “alitúrgico”, puesto que hasta la noche con la Vigilia Pascual no hay ningún tipo de celebración litúrgica, excepto el oficio divino. Callan las campanas y los instrumentos musicales. Es día de profundizar, para contemplar. El altar está despojado. El sagrario abierto y vacío. La cruz sigue entronizada desde el Viernes Santo.

La comunidad cristiana contempla a Jesús en el sepulcro, en su silencio, en su dolor. Es el día del silencio: calla y ora. Ya sabe que resucitará, pero mientras tanto toma muy en serio el sepulcro de su Esposo.

Es con el Concilio Vaticano II, a través de la promulgación por Pablo VI de la Carta Apostólica "Mysterii Paschalis" en la que se aprueban las Normas Universales sobre el Año Litúrgico y el nuevo Calendario Romano General, cuando el “Sábado Santo hasta la Vigilia Pascual” queda integrado dentro del Triduo Sacro y toma su significado actual.

Desde que en 1997 fuera suprimida la procesión que la Cofradía efectuaba en la tarde del Sábado Santo para acompañar a María en su amargura por la muerte de su Hijo (y trasladada su denominación de “Procesión de la Amargura” a la que se realizaba en la noche del Miércoles Santo), la actividad de la Cofradía durante el Sábado Santo se limitaba a recoger los pasos y atributos, preparar a nuestros Titulares para su culto ordinario en la Parroquia de San Felipe y esperar el momento para la gran celebración de nuestra fe, la Vigilia Pascual.

Sin embargo, desde la Semana Santa de 2011, y gracias a la invitación de la Hermandad de la Sangre de Cristo, hemos podido participar intensamente en una jornada de oración y reflexión esperanzada ante el Sepulcro del Señor que, en pocas horas, vencerá a la muerte.

Así, el 23 de abril de 2011, la Hermandad de la Sangre de Cristo recuperó el acto del Santo Sepulcro, acto que venía realizando hasta 1964 en la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal. En el mismo, el “Santísimo Cristo de la Cama”, estuvo velado en todo momento por los Hermanos Receptores de la Hermandad, la Guardia Romana así como por hermanos de cada una de las cofradías, hermandades, congregaciones y asociaciones culturales de la Semana Santa de Zaragoza, quienes además celebraron unas breves paraliturgias de unos quince minutos cada una a lo largo de toda la jornada. Además, suele ser expuesta en uno de los lados de la “Cama”, la imagen bajo la advocación de la Virgen de los Dolores propiedad de la Hermandad, quien encargó su realización en 1855 al escultor murciano Antonio Palao Marco.

Vigilia Pascual

Hay quien todavía cree que, tras el extenuante Viernes Santo, la Semana Santa llega a su fin. Y sin embargo, que equivocados están y que poco saben ni de Semana Santa ni de lo que significa ser cofrade y cristiano. Y es que la noche del Sábado Santo no es el final de nada sino el principio de nuestra fe. Cristo vence a la muerte y “la resurrección del Señor es nuestra esperanza” [3]. Si no creemos que Jesucristo ha resucitado y que nosotros resucitaremos con Él, no tenemos nada que celebrar estos días y los actos de la Cofradía serían un absurdo.

Según la tradición, ésta es una noche de vela en honor del Señor, y la Vigilia que tiene lugar en la misma, conmemorando la noche santa en la que el Señor resucitó, ha de considerarse, como señala San Agustín, “la madre de todas las santas Vigilias” [4].

Durante la vigilia, la Iglesia espera la resurrección del Señor y la celebra con los sacramentos de la iniciación cristiana. Los fieles, tal como lo recomienda el Evangelio (cf. Lc 12,35-48), deben asemejarse a los criados que con las lámparas encendidas en sus manos esperan el retorno de su Señor, para que, cuando llegue, los encuentre en vela y los invite a sentarse a su mesa.

Todo esto lo hemos recibido de los que nos han precedido en la vida y en la fe. Es el legado de su fe, el relato amoroso, cargado de contenido, de cuanto han oído, visto y vivido por la Tradición que arranca de los Apóstoles. Son la expresión de la fe en Jesucristo Resucitado vivida en Iglesia y como Iglesia.

Notas de Referencia:

[1] “Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia” de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (Sede Vaticana, 2002, capítulo IV, 138).

[2] Caeremoniale episcoporum, nº 297.

[3] San Agustín, Sermón 261, 1. Utilizado como título del Mensaje “Urbi et Orbi” de Benedicto XVI en la Pascua de 2009.

[4] San Agustín, Sermón 219.

 
Licencia Creative Commons El texto "Semana Santa, corazón del año cofrade" creado por David Beneded Blázquez para www.jesusdelahumillacion.org, se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 3.0 España. Zaragoza, 2009-2016.

Fotografía principal: “Santo Crucifijo” de la Cofradía en el Altar Mayor de la Parroquia tras la "Adoración de la Cruz" de los Santos Oficios del Viernes Santo (fotografía de Jorge Sesé). Fotografías secundarias: procesión de "ramos" de la comunidad parroquial de San Felipe (fotografía de David Beneded); templete del Ecce-Homo de la Parroquia de San Felipe, preparado como lugar de reserva del Santísimo tras los oficios del Jueves Santo (fotografía de David Beneded); El Santísimo bajo palio portado por distintos miembros de cofradías durante los Oficios del Jueves Santo (fotografía publicada por el Arzobispado de Zaragoza).