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Fotografía principal: hábito y medalla de la Cofradía durante una representación el Domingo de Resurrección (fotografía de David Beneded). Fotografías secundarias: hermanos portadores de paso usando el capirotes como prenda de cabeza (fotografía de Manuel Pelet); bonete “español” usado por los miembros de la Sección Infantil (fotografía de presentada al concurso de tarjetas de la Sección de Instrumentos de 2014); hermano “de bombo” ataviado con el tercerol (fotografía de Manuel Pelet).

Una de las enseñas externas más importantes de las cofradías penitenciales es su hábito. Cada cofradía lo utiliza como un símbolo distintivo que le permite identificarse y que enriquece su identidad propia y diferente. La elección de sus componentes y colores no es, ni mucho menos, accidental puesto que estos nos hablan del origen de la cofradía o de su advocación [1].

Los orígenes de la indumentaria cofrade.

El actual diseño del ropaje en las procesiones penitenciales apenas tiene ya nada que ver con el utilizado en los siglos XIV y XV por los antiguos flagelantes que, para el ejercicio de disciplina, empleaban “un cucurucho de cinco cuartas, derecho, almidonado y piramidal, su capillo en moco de pavo, con caída en punta hasta la mitad del pecho, almilla blanca de lienzo casero, aplanchada y atacada, hasta poner en presa el pecho y el talle; dos grandes trozos de carne que se asoman por las dos troneras rasgadas en las espaldas divididas entre sí por una tira de lienzo que corre de alto bajo entre un y otra, sus enaguas o faldón, campanudo, pomposo y entregado” [2].

Poco a poco y con la creación de las cofradías propias de pasión, se van a ir incorporando al atuendo algunos elementos identificativos de la corporación como el llevar el escudo en el lado izquierdo del pecho a la altura del corazón, o el uso de los colores de la túnicas como seña distintiva, estableciéndose, de forma generalizada por toda la geografía española, de color negro en las hermandades de la Vera-Cruz, morado en las de Jesús Nazareno, blanco con escapulario en las de las Siete Palabras, marrón o pardo para las fraternidades seglares franciscanas.

Posteriormente, y tras las introducciones promovidas por el Concilio de Trento en el siglo XVI, como la obligatoriedad de regirse las cofradías por unas reglas o estatutos aprobados por la autoridad eclesiástica o la necesaria presencia de una imagen de Cristo o de la Virgen en los cortejos procesionales, comienzan a utilizarse vestimentas que permitan identificarse con la propia imagen venerada. De este modo, la sevillana Cofradía de Jesús Nazareno (el Silencio) fijó para sus cofrades un atuendo consistente en una túnica morada, cabellera vegetal cubriendo el rostro, corona de espinas y soga de esparto del cuello a la cintura, además de cargar una cruz [3]. Desde entonces, el término “nazareno” queda incorporado para definir a los que visten túnica en la procesión.

A lo largo del siglo XVII los nuevos gustos del modelo barroco introducen variaciones que afectan también al hábito penitencial. Con el aumento de otros participantes en la procesión que cumplen las funciones de iluminar, portar las insignias o dirigir, el modelo de hábito abierto por la espalda y con capirote romo queda exclusivamente reservado a un cada vez menor número de flagelantes (llegando incluso a ser prohibidas sus apariciones tras una Real Cédula de Carlos III en 1777), instaurándose en algunas reglas la distinción entre la túnica de los hermanos de luz y la de los disciplinantes.

Será en el siglo XIX cuando se acometan tales reformas en el hábito penitencial que, prácticamente, quede reconstruido. El gusto romántico añadió botonaduras, colas plisadas, zapatos con hebillas, guantes, combinación de dos colores (uno para el capirote y otro para la túnica), cíngulos, blasones bordados y capas.

Nuestro hábito penitencial.

Según indica el artículo 45 de nuestros Estatutos, el hábito de la Cofradía se compone de túnica blanca (con dos palas), medalla de la Cofradía, cíngulo y capa negros. La prenda de cabeza consistirá en capirote, tercerol o bonete (según la pautas que se detallan más adelante) completándose con guantes, zapatos y calcetines en color negro.

Nuestro hábito es una muestra más del legado transmitido por la Sección de Jóvenes de la Real Cofradía del Stmo. Rosario de Ntra. Sra. del Pilar, puesto que, como ya hemos indicado en otros apartados, este grupo de jóvenes cofrades tenía entre sus fines principales el acompañar a la imagen de Santo Domingo de Guzmán en la procesión del “Rosario de Cristal”, ataviándose para tal fin con un hábito inspirado en el de los frailes de la Orden de Predicadores.

Basada en la Regla de San Agustín, esta Orden mendicante fue fundada por Santo Domingo y aprobada por el Papa Honorio III, a través de la Bula "Religiosam Vitam" del día 22 de diciembre de 1216. Según sus Constituciones, su hábito consta de túnica blanca con escapulario y capilla blancos, capa y capilla negras y correa de cuero con rosario [4]. Un atuendo que, tal y como narra una legendaria historia, fue mostrado por la Virgen al propio Santo Domingo, lo que supuso que María Santísima sea llamada por los dominicos con el nombre de “Ordinis Vestiaria”, la modista de la Orden.

Por todo ello, y considerando, además, la concordancia con las vestimentas de nuestra imagen cotitular de María Santísima de la Amargura, en la fundación de nuestra Cofradía se decidió mantener en nuestro hábito la combinación cromática del blanco y del negro, otorgándole un carácter sobrio, solemne y austero.

El simbolismo de sus colores.

El color blanco es la suma de los tres colores primarios, por lo que asume un valor de totalidad y atemporalidad que lo hace apto para expresar la gloria y la eternidad, la misma vida divina. Es el color del gozo y la alegría, el de la luminosidad, atributo de Dios: el profeta ve a Dios “blanco como la nieve” (Daniel 7, 9); y del mismo color aparece revestido Jesús en su transfiguración, como muestra de su divinidad (cf. Mt 17, 2).

Litúrgicamente es el color apropiado para la Santísima Trinidad, la Natividad, Pascua y el resto de celebraciones de misterios no pasionistas de Cristo (Santo Nombre de Jesús, Presentación en el Templo, Transfiguración). Es también el color pascual, en recuerdo del ángel revestido de blanco (cf. Mt 28, 2-3), y del culto eucarístico. Es, además, el símbolo de la victoria del día sobre la noche, del triunfo de la vida del resucitado sobre la muerte del sepulcro, por lo tanto, el color de la Solemnidad de Todos los Santos, así como de los bienaventurados no mártires o de las festividades que celebran misterios o milagros de Santos anteriores a sus martirios (Natividad de San Juan Bautista, Cátedra de San Pedro, Conversión de San Pablo, etc.).

Y además, es el color de la virginidad y de la pureza, motivos por lo que es considerado el color de la Santísima Virgen.

Contrariamente, el negro alude, especialmente, al luto, pero también al silencio, la penitencia y la vigilia. Al igual que el morado, es la muestra de sentimiento de la propia imperfección, predicando una aptitud de humildad y sobre todo de arrepentimiento. Cristo dijo a los fariseos que si reconocían que estaban ciegos podrían llegar a ver alguna vez (cf. Jn 9, 41), siendo este el consejo que sigue el que se viste de negro: reconoce su ceguera y se vuelve una súplica viva, eco de aquella oración del ciego de Jericó "Señor, que vea" (cf. Lc 18, 41).

En la liturgia funeraria es señal de lo transitorio de nuestra vida en la tierra, cuyo fin es un paso a la vida verdadera (cf. Ap 13, 1-18), pues el negro de la noche guarda la promesa de la aurora, y fue la antesala de la Creación, ya que al principio “las tinieblas cubrían la superficie de la tierra” (cf. Gén 1, 2). Precisamente, por todos estos motivos, es excluido del culto eucarístico, celebración del triunfo de la vida.

De esta manera el hábito utilizado por nuestra cofradía, funde en una maravillosa unidad ambos colores; el blanco que es un color perfecto, y el negro que no lo es; el blanco, símbolo de pureza, y el negro, de la penitencia; el negro cubriendo el blanco, como la penitencia protege la pureza.

Los componentes del hábito.

El elemento más característico del hábito es, sin lugar a dudas, la túnica, puesto que es llevada a imitación del “quiton” hebreo utilizado por Cristo que estaba tejido de una sola pieza (cf. Jn. 19:23). Esta túnica talar, con largo hasta los tobillos, siguió el modelo de las utilizadas por los miembros de ciertas órdenes religiosas y eclesiásticas, adaptándose, poco a poco, a las épocas. De la austeridad de los primeros lienzos de cáñamo se pasó a otros tejidos más ricos y de mayor calidad como la lana merina, el terciopelo, la holanda o los más modernos como el tergal y el poliéster, incorporándose, en muchos casos, una larga cola que se iba arrastrando en señal de luto [5].

Ceñido a la altura de la cintura, se utiliza el cíngulo, un cordón de lana que, en nuestro caso, es de color negro y acabado en dos borlas.

Por encima de la túnica se coloca la capa. Esta prenda suelta, larga y sin mangas fue incorporada en el atuendo cofrade a partir de mediados del siglo XIX (concretamente en 1857), cuando la hermandad sevillana de la “Quinta Angustia” la incluye en su hábito, rompiendo radicalmente con la estética imperante hasta entonces de las "túnicas de cola". Su máximo esplendor, llegando a traspasar las fronteras sevillanas, se produciría unos años después, en 1888, cuando los cofrades de la por entonces todavía conocida como Hermandad de la Sentencia (la “Macarena”) visten por primera el nuevo hábito diseñado por el insigne bordador Juan Manuel Rodríguez Ojeda con una nueva capa “de vuelo majestuoso, cuyos pliegues caían con verticalidad solemne, imprimiendo elegancia a su caminar” [6].

Con el resurgimiento del movimiento cofrade en nuestra Semana Santa, y continuando la influencia sevillana ya iniciada en otros aspectos por las cofradías recién fundadas, fueron los miembros de la Cofradía de Jesús Camino del Calvario quienes, en el Jueves Santo de 1939, la vistieran por vez primera en sus procesiones penitenciales al ataviarse con un hábito inspirado en el utilizado en aquella época por la Cofradía de Nuestro Padre Jesús de las Penas de la trianera Iglesia Conventual de San Jacinto (hermandad más conocida como “la Estrella”) [7].

Otro de los elementos consustanciales del hábito cofrade y, posiblemente, el que le otorga mayor sentido penitencial, es el antifaz que en una prenda de cabeza (capirote o tercerol) cubre el rostro de los cofrades. Su función es asegurar su carácter anónimo durante la procesión pública aunque, a lo largo de los tiempos (especialmente en los siglos XVIII y XIX) la autoridad civil y eclesiástica prohibieron su uso en numerosas ocasiones, tal y como demuestran, en nuestra propia ciudad, las Constituciones Sinodales del Arzobispado de Zaragoza de 1697.

En la Cofradía, la prenda de cabeza “oficial” es el capirote, reservándose el tercerol, según nuestro Reglamento de Orden Interno, única y exclusivamente para el Hermano Guión y para aquellos que tocan el bombo. Por su parte, los hermanos que integran la sección infantil utilizan bonete.

El origen del capirote se remonta a los actos y procesos del Tribunal de la Santa Inquisición, en donde a los penitenciados se les vestía con el “sambenito” y un capirote o cucurucho de tela, cartón u otro material, que debían llevarlo colocado encima de la cabeza en señal de la penitencia impuesta. Por transposición de este sentido penitencial, fue adoptado, primero y como ya hemos visto, por los disciplinantes y, posteriormente, a partir del siglo XVII, por algunas cofradías de pasión (especialmente en Andalucía). En nuestra Semana Santa era utilizado esporádicamente por algunos penitentes en la Procesión del Santo Entierro (al menos tal y como se puede observar en el grabado realizado por Marcelino Unceta en 1885) incorporándose definitivamente en el año 1937 de la mano de la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad al estrenar treinta y nueve hermanos, durante el Viernes Santo de aquel año, el hábito diseñado por el arquitecto Regino Borobio Ojeda.

Está compuesto por el cucurucho o armilla en forma de cono realizado en cartón (aunque actualmente se ha generalizado su fabricación en plástico) y que tiene una altura aproximada de 70 a 80 centímetros [8]. Este soporte es cubierto con una tela prolongada por delante en el antifaz en donde se borda el escudo de la Cofradía, cayendo por la espalda, a modo de muceta, un pico triangular con abundantes hombreras.

Por su parte, la palabra tercerol, así como su mismo uso, tiene una gran relación con la Venerable Orden Tercera de San Francisco de Asís y con la zaragozana Hermandad de la Sangre de Cristo.

Los integrantes de la primera se les denomina “terceros” y en sus procesiones, usaban una especie de capucha con la que ocultaban su cara de la curiosidad de las gentes que les veían pasar. Por su parte, la Hermandad de la Sangre de Cristo, adoptó la prenda y el propio término “tercerol” para todas las personas que portaban en hombros sus pasos durante la Procesión del Santo Entierro.

Los “terceroles”, habitualmente agricultores de localidades circundantes a Zaragoza, se trasladaban cada Viernes Santo, al menos desde los últimos años del siglo XVIII hasta 1935 (año en el que en una tensa situación social y política decidieron declararse en huelga, tomando voluntariamente las “varas” los miembros de diversas asociaciones católicas, lo que supuso el inicio de la moderna Semana Santa zaragozana), motivados por la tradición familiar, la devoción y/o el estipendio o gratificación que recibían por realizar este trabajo. Su atuendo estaba compuesto por una túnica negra, un cinturón en el que se sujetaban un rosario y dos pañuelos (uno a ambos lados) para secarse el sudor, cubriéndose la cabeza con un tercerol, también de color negro, aunque dejando la cara al descubierto [9].

El tercerol se divide en capucha que cubre la cabeza, prologándose la tela hacía atrás en forma de cola con diversos pliegues y, por delante, en la careta o antifaz que cubre el rostro y en donde se borda el escudo de la Cofradía.

Finalmente, los cofrades menores de 14 años utilizan el bonete. Este gorro sin antifaz generalmente de cuatro picos o, como en nuestro caso, redondo (también conocido como español), era utilizado antaño por eclesiásticos y seminaristas y fue adoptado en 1943 por la Cofradía de Ntra. Sra. de la Piedad y del Santo Sepulcro para sus cofrades infantiles [10] evitándoles, de esta manera, el sacrificio y penitencia que conllevaba el capirote. Una medida que ha sido imitada, poco a poco, por otras muchas cofradías de la ciudad y de otros puntos de la provincia.

El bonete es sujetado a la cabeza mediante un cordón ajustado a la barbilla, también llamado barbuquejo, llevando bordado el escudo de la Cofradía (de tamaño algo más pequeño al de capirotes y terceroles) en su superficie central.

La medalla.

La medalla es, indudablemente, el elemento más entrañable y significativo para un cofrade. La nuestra es plateada y pende del cuello mediante un cordón de seda trenzada con los colores blanco y negro. En su anverso figura la Imagen de María Santísima de la Amargura, mientras que en el reverso lleva la leyenda “Cofradía Jesús de la Humillación, Parroquia de San Felipe, Zaragoza” junto con el escudo de la Cofradía.

El escudo tiene forma ovalada con el fondo negro. En el centro se coloca un aguamanil de oro que representa el lavatorio de manos de Poncio Pilato. En su parte superior, un corazón traspasado por una espada, ambos de oro, con una gota de sangre de su color que representa la Amargura de María y, cerrando su parte inferior, flanqueando y entrelazados, de oro, una palma y un palo de batán, símbolos martiriales de los santos apóstoles Felipe y Santiago el Menor.

El uso del hábito y de la medalla.

Por todo lo dicho, el hábito tiene dos valores irrenunciables: la identidad cofrade y la coherencia de vida. Revestidos de cofrades fortalecemos nuestro sentimiento de identidad. Igualados en la vestidura manifestamos nuestra unidad. Uniformados de blanquinegro exponemos nuestro espíritu penitencial. El hábito no hace al monje, y menos al cofrade, pero indica una pertenencia: somos miembros de una fraternidad viva, aún más somos y nos sentimos sólo de Él, de Jesús de Nazaret.

Porque, ante todo, lo que hacemos al vestir el hábito es acercarnos a Jesús, intentar asemejarnos a Él, aunque eso sólo sea de un modo tan insignificante como el de vestirnos de forma parecida a como Él lo hacia. "Revestíos de Cristo", nos dice San Pablo (Rom 18, 14). Es entonces, cuando el hábito se convierte en símbolo de nuestra vida que nos acompaña desde que nos lo imponen rememorando la vestición de la túnica bautismal hasta, incluso, nuestra muerte, recubriéndonos como mortaja. Es el distintivo de lo que somos y lo que creemos, lo que pensamos y lo que defendemos.

Obviamente, tanto la medalla como el hábito deben ser llevados con la máxima dignidad y orgullo. La primera debe usarse en todos y cada uno de los cultos internos y externos organizados o en los que participa la Cofradía, reservándose el hábito penitencial exclusivamente para los Actos de Semana Santa (aunque con carácter excepcional puede utilizarse cuando lo autorice la Junta de Gobierno). También, entre los derechos de los hermanos se encuentra la posibilidad de ser amortajado con el hábito en su defunción.

Notas de Referencia:

[1] Pardos Solanas, Carlos: “El color de la Semana Santa de Zaragoza” (revista “Semana Santa en Zaragoza” editada por la Junta Coordinadora de Cofradías, Nº 1, pág. 30).

[2] Según la descripción del atuendo de los disciplinantes escrita en la segunda mitad del XVIII por el jesuita José Francisco de Isla.

[3] Gómez Lara, Manuel J. y Jiménez Barrientos, Jorge: “Semana Santa en Sevilla” (Comisaria de la Ciudad de Sevilla para 1992, pág. 47).

[4] “Libro de las Constituciones y Ordenaciones de los frailes de la Orden de Predicadores” (Versión castellana revisada y completa del texto latino de las Constituciones de 1998 por Fr. Donato González, O.P.).

[5] Como indica José Mª Rodríguez R. en su artículo “La capa y su incorporación al atuendo cofrade en la Semana Santa de Sevilla”, las túnicas de cola consisten en una larga vestidura que se prolonga por su parte posterior de manera pseudo-triangular ("cola"). Originalmente este aditamento quedaba suelto y arrastrado por el suelo en señal de duelo por la Pasión y Muerte del Redentor, pasando, posteriormente, a ser sostenido por el cofrade en uno de sus antebrazos, tal y como hacían los hermanos receptores de la zaragozana Hermandad de la Sangre de Cristo hasta al menos inicios del sigo XX. Modo que también ha ido suprimiéndose (salvo contadas excepciones en toda la geografía nacional) puesto que, la mayoría de hermandades que actualmente visten este hábito optan por "recoger la cola" con el “esparto” (es decir, pasarlo por el interior del cinturón de esparto trenzado). Esta es la forma en que habitualmente recogen su “cola” los miembros de la Cofradía del Silencio, único exponente de este tipo de hábito que queda en nuestra ciudad y que adoptó en su fundación las vestimentas de su homónima sevillana.

[6] Palomero Páramo, Jesús Miguel: “Guía de la Macarena”, Fundación el Monte y Guadalquivir S.L. Ediciones; Sevilla, 1993, pág. 60.

[7] Como indican Alfonso García de Paso Remón y Wifredo Rincón García en su libro “La Semana Santa en Zaragoza” (Unión Aragonesa del Libro, 1981; pág. 112.) el hábito de esta Cofradía está inspirado en una de las famosas láminas dibujadas a pluma por Francisco Hohenleiter de Castro que aparecían en una guía anual llamada “Sevilla y la Semana Santa” (publicada hacia finales de los años veinte y comienzos de los treinta del siglo pasado bajo la dirección de Enrique Gómez Millán).

[8] La altura del capirote también se ha convertido en seña distintiva de varias de nuestras cofradías. Como indica Jorge Gracia Pastor en su artículo “Capirotes y Terceroles, o de cómo cubrirse el rostro” (revista Redobles nº 3, 1999) “el Descendimiento siempre ha hecho gala de llevar el capirote más alto hasta la creación en 1988 de la Cofradía de la Exaltación de la Santa Cruz”.

[9] García de Paso Remón, Alfonso y VV.AA: “Semana Santa en Aragón (Hijar, Alcañiz, Zaragoza. Años 1920-1930)”; Ayuntamiento de Zaragoza, Ayuntamiento de Alcañiz, Ayuntamiento de Hijar e Instituto de Estudios Turolenses; 2000; pág. 82-95.

[10] García de Paso Remón, Alfonso: “Aragón en Semana Santa. Rito y tradición en las comarcas aragonesas”. Gobierno de Aragón, 2006; pág. 206.  

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Fotografía principal: hábito y medalla de la Cofradía durante una representación el Domingo de Resurrección (fotografía de David Beneded). Fotografías secundarias: hermanos portadores de paso usando el capirotes como prenda de cabeza (fotografía de Manuel Pelet); bonete “español” usado por los miembros de la Sección Infantil (fotografía de presentada al concurso de tarjetas de la Sección de Instrumentos de 2014); hermano “de bombo” ataviado con el tercerol (fotografía de Manuel Pelet).