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Fotografía principal: predicación y meditación de una de las estaciones del "Vía Crucis" durante la procesión del Domingo de Ramos (fotografía de Pedro Lobera). Fotografías secundarias: desarrollo de la "Procesión del Vía Crucis" por una calle Alfonso I repleta de fieles y espectadores (fotografía de Photo Agency); celebración del “Acto de la Amargura” en la noche del Miércoles Santo con la predicación central a cargo del sacerdote Felipe Cervera y oraciones por parte de los hermanos de la Cofradía (fotografías de Pedro Lobera).

Nuestra principal actividad es la organización de las procesiones durante la Semana Santa. Por ello debemos cuidar, muy especialmente, que las mismas no sean un acto externo carente de sentido o preparación, sino todo lo contrario, buscando la vitalidad y un profundo significado.

Las cofradías somos uno de los cauces importantes para la fe de nuestra ciudad. Gracias a nuestro poder de convocatoria y a la forma peculiar de expresar nuestros sentimientos religiosos contribuimos a alimentar la vida cristiana de muchas personas humildes y sencillas de corazón que muestran el propósito de conocer y seguir a Jesús y que, a veces, no perciben su cercanía en un mundo que actúa como si Dios no existiera. Además, y en un aspecto de reciprocidad sociedad-religión tan inusual en nuestros tiempos, la Semana Santa y los actos de las cofradías son una realidad palpitante que la ciudad tiene como algo suyo, que quiere guardar, conservar y transmitir de generación en generación.

Por eso las cofradías no podemos ni debemos renunciar a la labor catequética. Se necesita profundizar en las raíces evangélicas de la fe en Cristo, en las que nos asentamos y superar cualquier reducción a algo meramente folclórico, festivo, turístico, costumbrista y subvencionable que traiciona la verdadera esencia.

De esta manera, las procesiones deben ser un acto solemne de culto en el que rememoramos (no sólo recordamos, sino que hacemos presente, volvemos a vivir) el Misterio Pascual, manifestamos públicamente las verdades de nuestra fe y transmitimos y predicamos el mensaje de Cristo. Consecuentemente, y en un ambiente de oración y penitencia, el auténtico sentido de la procesión es espiritual, testimonial y evangelizador puesto que si se “redujeran a mera expresión folclórica, sería traicionar su verdadera esencia” [1].

Seguramente, las procesiones pasionarias han existido desde pocos años después de la “Pasión” de Cristo, aunque para conocer el primer testimonio hay que remontarse a los años 381-384, cuando Egeria, una noble monja de origen hispánico, al describir los actos litúrgicos a los que ella misma había asistido en Jerusalén, relata la procesión de las Palmas del Domingo de Ramos. Hacía las cinco de la tarde, la comitiva partía del Monte de los Olivos para, muy lentamente, descender al valle de Josafat, entrar a la ciudad santa y llegar con la caída del sol a la Anástasis, la gran rotonda construida para monumentalizar el Sepulcro de Cristo [2]. Cuando la peregrina explica como los fieles participaban en la procesión, añade que el obispo de Jerusalén era llevado del mismo modo que Jesús aquel día, de donde parece deducirse que hacía el trayecto montado sobre una borriquilla.

Poco a poco, ceremonias similares fueron llegando a la Iglesia de Occidente y a la liturgia romana. De esta manera se conoce que los miércoles y viernes primero, y los martes y jueves a partir del Papa San Gregorio II (715-731), hacia las tres de la tarde, hora de Nona, se reunía la asamblea cristiana en una iglesia designada como lugar de cita: en ella se recitaba una oración colecta, y, entre cantos penitenciales y letanías, precedidos por la cruz procesional se dirigían procesionalmente fieles, clero y sumo pontífice a la iglesia estacional, donde se celebraba la Eucaristía.

Estas ceremonias recibieron el nombre, desde el siglo II, de estación, vocablo latino que significa etimológicamente “punto de guardia”, porque en estas jornadas, de semiayuno, el cristiano montaba espiritualmente guardia, simbolizando el camino penitencial de la Cuaresma como tránsito hacia la Pascua. Tanta importancia adquirió el culto estacional, que paso a señalarse en el misal de Pío V. La Iglesia post-conciliar reconoce, asimismo, la importancia de este tipo de ceremonias y dispone “se recomienda que se mantengan y renueven las asambleas de la Iglesia local según el modelo de las antiguas estaciones romanas” [3].

Progresivamente, a partir de la Contrarreforma y con el apogeo de la religiosidad barroca, se va desdibujando el sentido de “estación de penitencia” y “se va adoptando como predominante la concepción de cortejo, a modo de gran entierro, en honor a Cristo muerto por nosotros y de la Santísima Virgen, la primera doliente. Pasan a un primer plano de la procesión las imágenes titulares y su aderezo, que se exponen públicamente –haciendo de la vía templo abierto- para conmover al contemplador” [4].

Reflexionemos ahora sobre lo que supone salir en procesión y, para ello, pocos textos podemos encontrar como este que publicaron los Obispos del Sur: “Salir en procesión supone ponerse en camino. El camino es una experiencia espiritual, es una apertura a lo nuevo, a lo desconocido. Es un desinstalarse. Es el abandono de todo lo que tengo para encontrar algo que valoro más que todo lo dejado. Es el paso por la soledad y el desierto, antes de alegrarse por haber encontrado lo que se buscaba. Abrahán dejó la casa de sus padres y su patria y se puso en camino hacia la tierra que Yahvé le mostró (Gén 12, 1). El pueblo de Israel caminó durante cuarenta años por el desierto antes de ver la tierra prometida (Deum. 29, 4s.). Nosotros mismos somos peregrinos y caminantes en esta tierra. Pero el camino que lleva a la vida es angosto y estrecho y pocos son los que lo encuentran (Mt. 7, 14). Hacer el camino tiene un profundo sentido bíblico cuando éste supone una experiencia que lleva hacia la conversión al Evangelio, a la entrega a Dios Nuestro Padre y a su Hijo Jesucristo”. [5]

Cuando se vive así, las manifestaciones públicas constituyen verdaderas catequesis plásticas para el público que las contempla. Los cofrades no debemos olvidar que muchas de las personas que asisten en la calle a nuestras procesiones apenas tienen otra experiencia religiosa y otro contacto con la Iglesia que ése. Esto aumenta nuestra responsabilidad.

Y por eso, es importante que todo esté bien organizado, no dejando ningún lugar a la improvisación. Seguir las indicaciones de los Hermanos Cetros y de los responsables de sección es vital para conseguir nuestro objetivo. Que ejemplo vamos a dar a quienes nos ven si nosotros mismos hacemos caso omiso a unas instrucciones mínimas para que todo salga lo más perfecto posible.

Las procesiones han de suponer para quienes tomamos parte en ellas un acto de conversión y participación en los misterios de Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Y, desde cualquier puesto que podamos ocupar en ellas, deben ser un acto de penitencia y esfuerzo que debe obligarnos a la oración, al ejercicio de la caridad cristiana y a la humildad, con renuncia a sí mismo (a la propia comodidad y a cualquier tipo de privilegio o distinción) en favor de los demás.

Este es el reto: conseguir que nuestros actos sean manifestaciones de la emoción religiosa interior y resonancias de las celebraciones litúrgicas, testimonio vivo del amor de Cristo y de fe que invade  y envuelve a cuantos durante el año viven olvidados de estos misterios de amor y de gracia, pura catequesis en acción y reflejo fiel de la presencia de la Iglesia en la sociedad.

Notas de Referencia:

[1] Discurso del Santo Padre Juan Pablo II al final de la Celebración Mariana en el Santuario de Nuestra Señora del Rocío en Ayamonte (Huelva) el 14 de junio de 1993.

[2] Agustín Arce: “Itinerario de la virgen Egeria” (381-384), Madrid 1980, pp. 282-285 y 130).

[3] Sagrada Congregación del Culto Divino: “Carta circular sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales”. 16-I-1988, pág 31.

[4] Galtier Martí, Fernando: “Iusta crucem lacrymosa. María y los orígenes de la iconografía procesional de la Pasión”. Libro de Actas del V Congreso Nacional de Cofradías celebrado en Zaragoza en 2006. Pág. 238-239.

[5] “Carta Pastoral de los Obispos del Sur de España. Las Hermandades y Cofradías”, PPC, Madrid 1988, nº 54.

 

Licencia Creative Commons El texto "Anunciar a Dios en la ciudad" creado por David Beneded Blázquez para www.jesusdelahumillacion.org, se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 3.0 España. Zaragoza, 2009-2016.

Fotografía principal: predicación y meditación de una de las estaciones del "Vía Crucis" durante la procesión del Domingo de Ramos (fotografía de Pedro Lobera). Fotografías secundarias: desarrollo de la "Procesión del Vía Crucis" por una calle Alfonso I repleta de fieles y espectadores (fotografía de Photo Agency); celebración del “Acto de la Amargura” en la noche del Miércoles Santo con la predicación central a cargo del sacerdote Felipe Cervera y oraciones por parte de los hermanos de la Cofradía (fotografías de Pedro Lobera).